miércoles, diciembre 20, 2006

Entre vikingos

Ahora que por fin han bajado en serio las temperaturas (ya era hora) me ha dado por quitarle el polvo a mi cinta VHS de El guerrero nº 13, de John McTiernan, director de películas de acción como Depredador, Jungla de cristal, El último gran héroe y el malogrado remake de Rollerball. No se trata de la mejor película de su director (ni de la peor), pero cuando tenía 16 años a mis amigos y a mí nos encantaba. Los 13 guerreros eran como un grupo de rock, cada uno de nosotros quería ser como alguno de ellos. Yo era el guerrero número 11, mujeriego, chistoso y amigable, jeje.

Como sabréis, la película está protagonizada por el malagueño Antonio Banderas, en el papel de Ahmed Ibn Fahdlan Ibn Al Abbas Ibn Hamad Ibn Rashid (tiene huevos el nombrecito), un musulmán que tras enamorarse de quien no debía es nombrado embajador en tierras lejanas como mero pretexto para desterrarlo. En su viaje se encuentra con un grupo de guerreros vikingos que siguen a su recién nombrado rey Buliwyf, los cuales serán requeridos por otro rey, Hrothgar, para defenderse de una amenaza que acecha a su pueblo. Una especie de bruja, el oráculo, terminará que han de ser trece los guerreros que partan para ayudar a Hrothgar, y que el décimo tercer guerrero debe ser extranjero, y éste no puede ser otro que Ahmed. Cuando al fin se enfrenten a sus enemigos descubrirán que no son humanos, son otra cosa: Wendols.

Es una película entrenida, sin más pretensiones. Los actores, desconocidos la mayoría de ellos (aunque también cuenta con una pequeña intervención de Omar Sharif), menos cumplen. Uno de sus fuertes es la potente banda sonora del mítico y desaparecido Jerry Goldsmith (El planeta de los simios, Alien, Rambo...), en sustitución a Graeme Revell, otro gran aunque no tan prestigioso compositor cuyo trabajo no resultó ser del agrado de McTiernan, ya que se recreaba demasiado en melodías árabes. No he escuchado la de Revell, pero la parpitura de Goldsmith es bastante acertada, alternando tanto ritmos musulmanes como nórdicos, dándole toques bélicos y al mismo tiempo románticos.

El filme está basado en la novela Deboradores de cadáveres, de Michael Crichton, autor de muchas otras novelas llevadas a la gran pantalla, como Jurassic Park (Parque Jurásico), El mundo perdido (Jurassic Park), Esfera, Acoso o Timeline. Crichton tomó principalmente dos fuentes: la primera fue los testimonios reales de Ahmed Ibn Fahdlan, y la segunda el poema épico de Beowulf, que fue adaptado al cine con Christopher Lambert interpretando al héroe escandinavo, aunque aquella versión tenía toques futuristas que le impedían ser considerada como una película seria; aún así y al igual que ésta, nos encantaba.

Podemos encontrar varias similitudes entre la historia de Michael Crichton y el poema épico: en el poema Beowulf era un príncipe escandinavo que ofrecía su ayuda al rey Hrothgar para luchar contra el mónstruo Grendel y su madre; en la novela tenemos a un príncipe recién proclamado rey, Buliwyf, que lucha contra unos seres llamados Wendols, cuyos cabecillas son el guerrero jefe y la reina madre. De ésta forma Crichton pretendió narrar cuál sería el origen real de Beowulf antes de que las habladurías de la gente lo mitificasen.

Uno de los detalles que más me gusta de esta película es que no cae en el tópico de retratar a los vikingos como salvajes sanguinarios, sino que los muestra tal y como eran: fieros en la batalla, groseros y analfabetos, pero con honor. Durante mucho tiempo fueron estereotipados como bestias por su condición de pueblo conquistador, pero recordemos que por ejemplo los romanos también tenían la manía de conquistar todo cuanto veían, y sobre ellos nunca se ha despotricado tanto, pese a que perseguían a los cristianos. Los vikingos también tenían una hermosa y elaborada mitología, que en varios aspectos considero superior a las de las grandes civilizaciones de la Edad Clásica. Para ellos la muerte honrosa era morir en el campo de batalla. Tras ésto, las valquírias, unas mujeres soldado que estaban al servicio del dios supremo Odín, recogerían sus almas y las llevarían al palacio de éste, Valhala, a donde van los valientes guerreros a entrenarse hasta la llegada del Ragnarok, la batalla final entre los dioses y los titanes. El echo de que este pueblo fuera pagano cuando la mayor parte de Europa ya se había cristianizado también infuyó en su calificación como bárbaros.
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Como decía, los vikingos eran temidos por su ferocidad. Entre eso y que nunca se rendían, ya que preferían morir, sus ataques eran difíciles de rechazar, pero no creo que fueran un pueblo avaricioso, prueba de ello es que no explotaron su mayor descubrimiento: América.

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