martes, enero 16, 2007

Sí, odio las rebajas, ¿y qué?

Se acabó la Navidad, así que ahora llega otra también muy difundida tradición comercial: las rebajas. Y si bien una tiene orígenes religiosos con ciertos toques de consumismo, la otra es consumismo puro.

A la gente le resulta divertida la imagen en las noticias del 7 de enero de cientos de miles de madres compañadas por sus hijas adolescentes (que por cierto a esa hora deberían estar en clase) pegadas al cristal de las puertas de las grandes superficies esperando a que abran, y en cuanto lo hacen empiezan a correr como locas, como si estuvieran comprando bíberes para aguantar durante un largo periodo en un refugio nuclear. A la gente le hace gracia... pero a mí no. Y es que a mí eso de ir de compras como que no, lo siento mucho. A la mayoría de vosotros os pareceré un soso, pero si conociérais mi historia a lo mejor me entenderíais.

Cuando tenía 11 años, como casi todos los chavales de aquella edad, vivía la semana deseando que fuera viernes. Pero no sé cómo se las apañaban mis padres que cada viernes por la tarde nos íbamos al centro comercial, y claro, ya que estábamos allí... a aprovechar para comprar ropa. ¿Quién salía peor parado? Yo. Tenía el armario lleno de ropa, pero nada, aún así para mi madre siempre me hacía falta algo. Así que me metía en calzoncillos en un espacio de 1 metro cuadrado con un espejo a un lado y una cortina al otro, por la cual asomaban manos que sostenían ropas y decían "pruébate esto, a ver qué tal te queda", y de ahí no salía hasta que no me hubiera probado toda la tienda. Y cuando ya habíamos terminado con una, mi madre decía "vamos a mirar aquí a ver si hay algo..." ¿Si hay algo? ¡Joder, claro que hay algo! Es una tienda como la otra en la que acabamos de estar. Pues nada, repetíamos la faena. Ni que decir tiene que la ropa que al final me compraban la elegían ellos, yo no tenía ni voz ni voto. Me tenía que someter a esa humillación durante 4 horas seguidas, pero aquí no acababa la cosa. El sábado por la mañana yo decía "bueno, al menos ahora podré jugar con la Mega Drive", pero no, nada más lejos de la verdad, porque me secuentraban para cogerle el dobladillo a los pantalones, y luego me decían "ay hijo, dúchate que apestas". ¿Qué esperábais? El viernes a última hora en el colegio tenía Educación Física, por la tarde me hacíais is al centro comercial inmediatamente después de comer, y cuando llegaba por la noche estaba cansado y no tenía ganas de nada. ¿Sabéis qué era lo mejor de todo? Que en ingún momento me podía quejar de nada, siempre me salían con "hay que ver, encima de que te compramos ropa para que tengas y no vayas hecho un pordiosero..." o "cualquier chaval estaría encantado de que le compraran ropa, pero tú siempre tienes que protestar, quejica". Claro, a cualquier chaval le encanta que le arrebaten un viernes por la tarde y un sábado por la mañana, a cualquier chaval le encanta que lo encierren en un probador en paños menores y no lo saquen de allí en 2 horas, a cualquier chaval le encanta que valgan todas las opiniones menos la suya.

Bueno, pues ya conocéis la dramática historia de por qué no me gusta ir de compras. Espero que en el futuro seais más compasivos con vuestros hijos que lo que mis padres fueron conmigo.