jueves, octubre 16, 2008

El ataque del mosquito fantasma


Anoche, poco antes de acostarme, encontré en mi cuarto un mosquito. Las moscas al menos son razonables, vale que si les abres la ventana estarán un rato dándose cabezazos contra el cristal de la parte que esté cerrada y tendrás que echarles tú una mano, pero al final se van. Sin embargo, un mosquito cuando entra en un dormitorio dice "aquí me quedo" y no hay dios que lo eche, además de que son tan ligeros de peso que el propio viento que entra por la ventana los empuja hacia dentro. Total, que como no estaba dispuesto a que ese diminuto intruso me diera la noche (todos conocemos la afición de estos endemoniados por comernos la oreja cuando intentamos dormir), opté por aplastarlo entre las palmas de mis manos y arrojar su cadáver por la ventana. La cerré y me fui a la cama victorioso.

Cuando me estaba adormilando me pareció escuchar un zumbido de mosquito rondando por mi cuarto. "No puede ser" pensé, "acabo de matar a un mosquito, ¿cómo va a haber otro? Debo estar volviéndome paranoico". Pero no, no eran alucinaciones, había cantado victoria demasiado pronto. Aquel mosquito hizo lo que mejor se les da a los de su especie: dar por culo. Digo "a ver si me duermo y así aunque me pique no me entero", pero noooo, eso es imposible, porque aquel mosquito se mantenía oculto hasta el momento en el que estaba a punto de conciliar el sueño. Entonces, con la precisión de un caza militar, sobrevolaba mi oído el tiempo justo para que yo saltara de un respingo y me pegara una torta a mí mismo intentando matarle, pero con la suficiente velocidad como para esquivar mis golpes.
Si después de uno de estos respingos encendía la luz, nada, era como si el mosquito hubiera desaparecido. Pero yo sabía que estaba en algún sitio, escondido, observándome. Si me quedaba un rato con la luz encendida no se movía de su escondite. El cabrón además de rápido era paciente. Al final siempre me aburría yo y acababa apagando la luz.

Al cabo de un rato, cuando volvía a quedarme dormido, tzzzzz... Otra vez respingo. Otra vez partirme la cara yo sólo. Otra vez castigar mis pupilas encendiendo la luz. ¿Y para qué? Para que el muy jodido siguiera riéndose de mí.
Mi encabronamiento ya alcanzaba niveles hulkianos. Llegué a desear que aquel mosquito fuera del tamaño de un perro para poder matarlo a palos. Abrí la ventana, pero como en la cama sólo tengo una sábana y una colcha fina, pasaba frío y volví a cerrarla. Este mosquito no era normal, tenía que ser el último ejemplar de una plaga enviada por la ira de Dios hace miles de años. Entonces caí en la cuenta. ¿Y si el mosquito que maté y el que me estaba dando por culo eran el mismo? ¿Y si se trataba de un mosquito fantasma? Eso explicaría por qué tenía esos poderes. Por qué era capaz de sentir cuándo estaba a punto de dormirme para joderme lo más posible. Por qué no había forma de matarlo sabiendo que estaba justo encima de mi oreja. Por qué cada vez que encendía la luz se esfumaba sin dejar rastro.

Fuera como fuere, aquel mosquito no me permitió dormir en toda la noche, era su voluntad. Hoy rezo por que haya dado por cumplida su venganza cual Cuervo y pueda descansar en paz en el cielo de los mosquitos, y reflexiono sobre la utilidad de estos molestos insectos. Ya cumplieron su función en la vida: picar a los dinosaurios y quedar atrapados en la savia de los árboles para que pudiéramos obtener ADN de los extintos reptiles y clonarlos. Entonces, ¿por qué siguen aquí? Ya sólo sirven para que los lagartos se los coman. Pero en vez de irse al campo para ofrecerse de alimento a los camaleones, una especie en protegida, vienen a las ciudades a dar por saco a los humanos. Pues no lo entiendo, de verdad. No lo entiendo.


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