domingo, julio 27, 2008

Llámeme Rhona


Una zona de la isla de Inglaterra asolada por un virus mortal, devastada y puesta en cuarentena, y no, no es
28 Días Después. Un muro levantado para contener el virus, abandonando a su suerte a los que quedan dentro, una heroína muy vacilona, y no, no es Resident Evil 2: Apocalipsis. Un soldado tuerto de un futuro distópico enviado a adentrarse en una zona vallada y devastada de la que no hay salida para rescatar a alguien, teniendo que cumplir un estricto plazo para el beneficio de los mandamases, y no, no es 1997: Rescate En Nueva York. Una mujer que ya vivió en sus propias carnes la peor de las pesadillas, y que ahora debe regresar a la cabeza de un equipo de soldados con vehículos futuristas, y no, no es Aliens: el Regreso. La anarquía total tras una catástrofe, cuyos supervivientes se organizan en tribus, el hombre devorando al hombre, la ley del más fuerte, persecuciones por carretera de llamativos vehículos que conducen por la izquierda, y no, no es Mad Max.

Ese es más claro y uno de los pocos problemas que tiene la nueva cinta de Neil Marshall, Doomsday, su tremendo parecido con otras películas. Sin embargo, al igual que nuestro A.J. Bayona, Marshall no oculta sus influencias. El director británico ya nos demostró con Dog Soldiers y sobre todo con The Descent, una joya de la serie B actual, que era capaz de darle un soplo de aire fresco al cine fantástico. Sin embargo, en Doomsday opta por hacer un homenaje en toda regla a los clásicos 1997: Rescate en Nueva York de John Carpenter y Mad Max de George Miller, y esto se agradece mucho más que cualquier remake profanador. No en vano, dos de los miembros del equipo de soldados liderado por una espectacular Rhona Mitra (Shooter: El Tirador) se llaman Carpenter y Miller. No obstante, Marshall también aporta momentos memorables, como la escalofriante barbacoa caníbal, o el encuentro de sopetón con mi añorada estética tecno-místico-futurista que sólo se han atrevido a usar en películas desafortunadas como Beowulf de Christopher Lambert (en la que también aparece Mitra) o la entretenida pero castigada por la crítica El Imperio Del Fuego.

Doomsday
cuenta con un reparto de lujo. La ya citada Rhona Mitra, Bob Hoskins (¿Quién engañó a Roger Rabbit?), el mismísimo Malcom McDowell (La Naranja Mecánica), y tres caras conocidas en la filmografía de Marshall: Sean Pertwee (Horizonte Final), Nora-Jane Noone (The Descent) y Craig Conway (Dog Soldiers), el cual interpreta al desquiciado Sol, que parece una mezcla de Wez y el Duque de Nueva York. La banda sonora también es de alta factura, a cargo del compositor Tyler Bates, responsable de las impecables partituras de Amanecer De Los Muertos y 300, por lo que era de esperar un buen trabajo en melodías de acción y desolación.

En definitiva, Doomsday es una película hecha por y para frikis. Si te gusta la ciencia-ficción ochentera, los parajes post-apocalípticos, el gore y la acción pura, quedarás más que satisfecho.

martes, julio 15, 2008

Peluquerísticamente conservador


En mi infancia solían lleverma a una peluquería del barrio, la clásica peluquería de hombres, en la que se escuchaba música de calidad y los peluqueros te daban conversación. Era tan de hombres que en vez de tener revistas de cotilleos junto al sofá de espera tenían revistas porno. De hecho, una vez que mi madre me dejó allí cogí una y me la quitaron de las manos gritando "chiquillo, no mires eso que te vas a poner malo". Después de aquello quitaron las revistas porno y, entre las interesantes revistas de ciencia, lo que pusieron fue rebeos de Mortadelo. En fin, allí se respiraba buen ambiente.

Cuando tenía 15 años abrieron por aquí otra peluquería, más grande, más moderna y unisex, aunque el 90% de su clientela eran mujeres. Era una franquicia, tenía varios locales por toda la ciudad. Para darse a conocer, repartieron vales por un pelado gratis, y uno de esos vales fue a parar al buzón de mi familia. Mi madre, que siempre había estado muy encima mía para controlar mi imagen, me mandó allí, pese a que yo tenía reparos en ir a una apeluquería que prácticamente era de mujeres. Aquel sitio era de lo más fashion, las revistas únicamente eran catálogos de cortes de pelo, y en la radio tenían puesta Los 40 Principales. La mayoría de los peluqueros eran metrosexuales (esta es una palabra artificial cuyo significado nunca me ha interesado conocer, y de hecho no conozco del todo, pero seguro que lo eran). Allí me hicieron un corte moderno que a mi madre le gustó mucho, así que a partir de entonces aquella fue mi peluquería.

Hasta el año pasado, que empecé a cansarme de ese rollo. Siempre me tocaban o un tío tela de chulo que hacía lo que le daba la gana, o una pánfila que en vez de sangre tenía orchata, o uno que estaba siempre nervioso. Fue este último el que me atendió allí por última vez. Tenía el pelo larguillo, y le dije que lo que quería era que me despejara la nuca y los lados y me quitara volúmen por arriba unque dejándomelo más largo que el resto, de forma que pudiera seguir peinándomelo. Es decir, un pelado normal, de los de toda la vida. Pues nada, el tío no se enteraba. Era incapaz de concebir cualquier cosa que se saliera del típico pelado corto para llevar los pelos de punta. Total, el tío me hizo una chapuza para salir del paso, el peor pelado profesional que me han hecho en mi vida, y encima con mala cara. Fue entonces cuando dije "hasta aquí hemos llegado, que somos ya mayorcitos para hacer lo que nos diga mamaita" (sí, cuando hablo conmigo mismo lo hago en plural).

Volví a la peluquería del barrio, la de toda la vida, donde, dando exactamente las mismas indicaciones que en la otra, me entienden perféctamente. Y lo mejor es que si te apetece un corte moderno, también te lo hacen. Por esto tengo que decir que en muchas cosas no, pero peluquerísticamente hablando, soy conservador.

jueves, julio 10, 2008

That pink bastard


El pasado domingo me disponía a ir a ver el remake de Funny Games. Mi intención era, habiendo visto la película original, prestar atención a las reacciones del público que la desconociera. Pero en el último momento me arrepentí de gastar mi dinero en la entrada para una película que prácticamente ya he visto, y decidí destinar ese dinero a ver Los Cronocrímenes, el primer largometraje de Nacho Vigalondo, quien ya ha demostrado tener talento y originalidad como guionista en cortos como El Tren De La Bruja de Koldo Serra (del cual yo mismo interpreté a uno de sus personajes en una modesta adaptación teatral en la escuela de imagen y sonido) o como director en el sencillo pero sorprendente 7:35 De La Mañana.

Los Cronocrímenes, como cabía esperar viniendo de quien viene, es un trabajo entretenido y original que consigue dejar buen sabor de boca. La película cuenta las peripecias de Héctor (
Karra Elejalde), un pureta felízmente casado aunque algo voyeur, el cual, huyendo de un extraño tipo con vendas rosas que le ataca con unas tijeras, acaba metiéndose en una máquina del tiempo y viajando una hora al pasado. Pese a que el argumento resulta de lo más inusual en el cine español, la película no se libra de algunos de sus tópicos, como el clásico par de mameyas o el tono de humor. No obstante, eso la hace aún más especial: es cine español, pero hecho con calidad. Tiene giros argumentales sorprendentes y, aunque el ritmo decae un poco en la tercera parte del metraje, su desenlace es demoledor. Además de esto, se aprecian guiños al cine favorito de Vigalondo. No podemos evitar recordar, por ejemplo, las explicaciones de Doc sobre los viajes en el tiempo en la trilogía de Regreso Al Futuro o el característico suspense de Hitchcock.

El trabajo del escaso reparto dista mucho de ser memorable, pero resulta efectivo. El propio Nacho Vigalondo, que ya ha trabajado de actor en sus cortometrajes, se guarda aquí el papel de "Doc", aunque los papeles están intercambiados, siendo el científico el jóven y el que viaja al pasado el maduro.
Elejalde hace un papel que puede recordar al que tuvo en Airbag hace ya una década: un hombre simple y patoso capaz de sacar agallas en situaciones desesperadas. La música de Eugenio Mira, al igual que la película está hecha a la antigua, repleta de guiños al pasado, y al igual que el reparto, no destaca especialmente aunque no por ello podamos decir que no sea correcta.

Es admirable que una película que cuenta con unos medios tan modestos, sin efectos especiales, resulte tan interesante e innovadora en el cine español, demostrando que se equivocan los que dicen que el problema de nuestro país es la falta de dinero destinado al séptimo arte. Por otra parte, es triste que propuestas como estas no reciban el apoyo que merecen. No he visto nada sobre ella en televisión y se ha proyectado en poquísimas salas. De hecho, en mi ciudad sólo estaba en una. Parece que las comedias banales que no tienen argumento, sino situaciones que divierten a espectadores sin muchas luces, tienen más peso en el cine español que algo nuevo que haga pensar un poquito.