Crónicas de Villesainte (novela gratuita)

 

 

SINOPSIS

 

Corre el año 1074 d.C. en Villesainte, una pequeña ciudad de Normandía enfrascada en permanente contienda con el Barón Covenant, el enloquecido y sanguinario señor de un castillo inexpugnable.
Una mañana, el hijo y heredero del Conde de Villesainte es encontrado muerto, y todas las pruebas incriminan directamente al vikingo Van Croff, quien también es capitán del ejército de la ciudad. Gracias a la amistad que le une con el Conde, a Van Croff se le concede un plazo de siete días en el que deberá encontrar al verdadero culpable y así evitar la condena a muerte.

 

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Codex Alimentarius



Varios autores, diferentes puntos de vista, un único universo narrativo.
En un futuro cercano, la población descubre que está siendo envenenada lentamente a través de los alimentos, mientras una élite se reserva en exclusiva el acceso a productos naturales sin modificaciones genéticas ni sustancias perjudiciales. Como consecuencia, el estallido de las masas acaba desembocando en actos de canibalismo hacia las fuerzas del orden, los políticos y la gente adinerada. Poco a poco el caos se va apoderando del mundo y el orden establecido desaparece, imperando la ley del más fuerte.
Esta antolgía recoge las historias de lo que podría surgir a raiz de esa situación. Humor negro, drama, suspense, gore... todo eso encontrarás si te sumerges en nuestros relatos cortos. Participan los autores Román Pinazo, Asun Paredes, Federico Melenchón, Alex J. Román y Adrián Sanabria.

 

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El Cazador De Dioses

 


SINOPSIS

 

Año 2178. La contaminación ha hecho imposible la vida en la Tierra, obligando a la raza humana a colonizar otros planetas. Una nave encargada de recuperar material genético de la extinta biodiversidad terrícola encuentra congelado el cadáver de un homo sapiens de la Edad de Hielo. Los tripulantes deciden llevar a bordo su hallazgo e  introducirlo en una cápsula capaz de conservarlo hibernado y, llegado el  momento, reanimarlo. Sin embargo, durante el viaje espacial se produce un fallo y el cavernícola es despertado antes de tiempo. Al no entender qué ha ocurrido ni dónde se encuentra, pronto se siente amenazado y opta por hacer lo que le dicta su instinto de supervivencia: matar.


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El Baile De Los Sátiros (novela corta y audioficción gratuitas)


SINOPSIS

 

Jorge y Andrea son dos hermanos que trabajan en Sevilla. Ella es profesora de primaria, y él ayuda en la ferretería familiar. Es martes de Feria cuando una extraña epidemia llega a la ciudad, sumiéndola en el caos. Jorge deberá enfrentarse a multitud de peligros para llegar hasta su hermana, mientras ésta hace todo lo posible por proteger a sus alumnos.

Historia de Román Pinazo. Audioficción realizada por Agencia ROM. 


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La Otra Vida De Motherfuckerbaby (novela gratuita)

 

SINOPSIS

 

¿Nunca has deseado volver atrás en el tiempo y rectificar algún error que cometiste? Algo parecido le sucede a Ramón, o como se hace llamar en la red, Motherfuckerbaby. Tras una desafortunada muerte, se le da la oportunidad de arreglar su vida... desde el principio. Es enviado atrás en el tiempo, al día de su nacimiento, conservando todos sus recuerdos. Tendrá que volver a vivirlo todo e intentar enmendar sus errores, cometiendo otros nuevos y desembocando en una realidad completamente diferente e igual de impredecible que la anterior.

 

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Krush, Kill 'n' Destroy: True Faith

La Tercera Guerra Mundial duró cinco días, lo suficiente para que se vaciasen los silos de misiles en ambos bandos. Después, sólo quedó el invierno nuclear. Miles de personas se refugiaron en un búnker controlado por los militares, y allí formaron la Resistencia Humana. Cien años despues, cuando la radiación alcanzó niveles seguros, salieron a la superficie. Allí también había supervivientes, pero hacía tiempo que dejaron de ser humanos. Los grupos menos favorecidos habían buscado refugio de las bombas en viejas minas que no lograron contener toda la radiación, produciendoles mutaciones. Al cabo de un tiempo se habituaron a este nuevo mundo, domesticaron a las criaturas evolucionadas (lobos rojos de dos metros, escorpiones gigantes que escupen veneno y otras nuevas razas) y formaron la gran tribu de los Evolved. Ambos grupos siguieron adelante pensando que eran los únicos supervivientes, y después de cien años se encontraron violentamente.

Se desató una guerra por el control del planeta. Ambos ejércitos se desgastaban sin conseguir ninguna victoria importante, y durante dos años estuvieron causándose miles de bajas
mutuamente. Hasta que un día, en plena batalla, fueron sorprendidos por un nuevo bando: los androides de Novena Generación, que habían estado evolucionando en las grandes ciudades abandonadas. Superiores en fuerza y en tecnología, decidieron intervenir en la guerra no para apoyar a uno de los bandos, sino para aniquilar a ambos.

Por primera vez desde que empezó la guerra, la Resistencia Humana y los Evolved corrían el peligro de extinguirse, de modo que los líderes de ambos bandos acordaron una tregua. El campamento humano de los Páramos del Sur, con el general
Broulard al mando, iba a ser el lugar acordado donde reunirse ambos líderes para planificar una estrategia de combate para el primer ataque a los androides de Novena Generación. Sin embargo, cuando el convoy Evolved se estaba aproximando al campamento, una de las torres centinelas empezó a bombardear a los vehículos. Se pusieron a cubierto tras una colina, pero los ataques no cesaron. El general Brouland estalló en cólera, había dado órdenes específicas de que, mientras no se indicara lo contrario, los Evolved fueran tratados como aliados. ¿Quién estaba controlando esa torre? El cabo Johnson.

Johnson ya había sido sancionado varias veces por su falta de disciplina, era un soldado demasiado impulsivo, así que se propuso tomarse en serio su puesto de centinela. Tampoco tenía que pensar mucho, sólo sentarse en su asiento, coger los mandos de la torre y disparar cuando fuera necesario. Por desgracia, su radio estaba averiada y no pudo oír la orden del general Broulad, y su falta de popularidad en el pelotón hizo que sus compañeros optaran por no informarle de nada. Así que esa mañana había hecho lo mismo de siempre: se había puesto cómodo en su asiento y en su reproductor metió su música favorita, New Order. De modo que cuando vio acercarse un convoy extraño, hizo lo mejor que sabía aquello para lo que le habían instruido: aplastar, matar y destruir.


El Horror

Da igual qué conflicto fuera, la guerra es puta en todas partes. Un pelotón había formado un pequeño perímetro de seguridad, donde aguardaban instrucciones para el ataque. Había caido la noche y los mandos no daban señales de vida. El recluta dormilón no conseguira conciliar el sueño. Podía soportar explosiones, disparos, incluso gritos humanos, lo que no le dejaba dormir era la incertidumbre.

Escuchó algo que se arrastraba dentro del perímetro. El enemigo había conseguido infiltrarse. Se volvió léntamente y vio que a tres metros de él había una figura tapada por un manto de camuflaje. Era demasiado abultada, tal vez fueran dos hombres. Le estaban apuntando con un fusil, y pese a que sabían que estaban siendo vistos, no disparaban. El recluta dormilón permanecía tumbado completamente inmóvil. Percibía algo bajo aquel manto de camuflaje y tras aquel fusil que despertó su compasión. Percibía el miedo.

El recluta despistado, que se había percatado de la situación, se levantó siglosamente y se colocó justo encima de aquellos enemigos. Les apuntó con su fusil y apretó el gatillo, pero el arma se había encasquillado. Justo en ese momento sus compañeros empezaron a dispara a un convoy enemigo que se aproximaba con rapidez. Al no saber qué hacer con los enemigos que tenía debajo, el recluta despistado optó por pisotearles con todas sus fuerzas para neutralizarlos. No era un mal hombre, símplemente tenía miedo. Algún día, cuando descubriera lo que había hecho, intentaría quitarse la vida.

Pese a estar tumbado, una bala alcanzó al recluta durmiente. Éste, acostumbrado a ignorar el estruendo de los disparos y el silvido de las balas, pudo eschuar llantos de niños bajo el manto de camuflaje. Intentó gritarle a su compañero que dejara de pisotearlos con sus enormes botas, pero el recluta despistado no podía oirle. El llanto de los niños se apagó.

El convoy había alcanzado al pelotón, así que se replegaron. No vieron al recluta dormilón o no quisieron verlo, y se quedó allí tumbado, indefenso. Unos veinte hombres bajaron de los camiones e inspeccionaron la zona. Levantaron el manto de camuflaje y encontraron a dos chicos, no tendrían más de doce años. Uno de ellos tenía la espalda y varias costillas rotas, nunca volvería a andar si es que lograba sobrevivir aquella noche. El otro estaba muerto. Eran unos críos.

El recluta dormilón rompió a llorar. Él también estaba herido, pero no esperaba recibir atención sanitaria. Un coronel enemigo se inclinó hacia él y le habó en su idioma.

- Esos chicos llevaban un telegrama que iba dirigido a mí. Lo leyeron y decidieron intervenir. Querían ser héroes.
- ¡Dios! - el recluta dormilón no podía dejar de llorar al tiempo que vomitaba. Era algo que le superaba, un sentimiento de descenso absoluto. Bajó la cabeza.
- ¡Eh! Míralos. Míra lo que les habéis hecho.
- Iban tapados. No sabíamos que eran unos crios. Les oí gritar pero no pude impedir que...
- Les oiste gritar pero te quedaste ahí tumbado.
- Estoy herido.
- Pudiste disparar a tu compañero en una pierna. Les habrías evitado mucho más sufrimiento del que le hubieras provocado a él.

Sabía que aquel cabrón decía la verdad. Aunque estaba herido, había podido hacer muchas cosas para impedir un acto tan salvaje. El miedo y la desesperación le habían impedido pensar con claridad. El coronel enemigo dio la orden a uno de sus hombres. Éste apuntó al recluta dormilón con su fusil.

- Dios. ¿Cómo íbamos a saber que unos crios se habían metido en esta guerra? ¿Cómo íbamos a saberlo?

El Gran Desafío (parte 6)

27min para la erupción

Llegamos a un lugar seguro. Sabía que no debía, pero estaba tan alterado que me puse a gritar como un loco.

- ¡Maldita sea! ¡Maldita sea! Esos cabrones sabían dónde estábamos. Hay alguien que le está soplando información al alcaide y los caníbales lo están recibiendo con los ordenadores. Joder, tenemos un infiltrado y Sujumi ha pagado el pato.

- Eh, tranquilízate – dijo Norman intentando apaciguarme -. No hay ningún infiltrado. Si lo hubiera lo sabría.

- Venga ya. Tampoco sabías lo de la trampa del alcaide – me detuve un instante a reflexionar -. Un momento, eres tú, cabrón. Te han metido aquí para que muramos todos. Has sido tú quien ha delatado nuestra posición tirando el chaleco al suelo.

- En esta isla corro el mismo peligro que vosotros. No estoy aquí por voluntad propia. El jersey lo tiré porque me estaba asfixiando, las temperaturas aquí son muy distintas a las del hemisferio norte.

Oí la voz de Eveline a mi espalda.

- No voy a permitir que ninguno de vosotros se quede con mi libertad condicional. – Nos volvimos y la vimos sosteniendo una lanza con expresión amenazadora. Al ver mi cara de asombro continuó - ¿Qué creíais, que era la típica chica desvalida? “Jesús, protégeme de este violador”. Habéis picado todos.

- Estás hecha una verdadera zorra – le dije.

- Sí. Durante dos meses he sido la zorra del alcaide a cambio de su promesa de que saldría de aquí con vida. Me lo he ganado.

La miré fijamente a los ojos. No porque me hubieran herido sus palabras, sino para hacerle creer que era así, para distraerla. Al mismo tiempo, Simon se acercaba lentamente hacia ella por su espalda. No era estúpida y se dio cuenta, pero no fue lo suficientemente rápida. Simon la tiró al suelo de un empujón y le quitó la lanza. Después echamos a correr y la dejamos sola. Tuvimos suerte de tomar esa decisión, pues si nos hubiéramos quedado a matarla los caníbales que en ese momento se aproximaban hacia nosotros nos hubieran hecho picadillo. Corrimos hasta quedarnos sin aliento. Entonces oímos un chapoteo de agua. Avanzamos un poco más y vimos dos canoas atadas en el río, junto a una pequeña cascada.

9min para la erupción

Tras lavarnos e inflarnos a beber agua nos montamos en una de las canoas y comenzamos a remar. Los caníbales nos descubrieron. Nos lanzaron fallidamente unas cuantas lanzas. Cuatro o cinco de ellos se montaron en la canoa que quedaba y nos siguieron río abajo. Llegamos a la desembocadura del río y vimos sobre la playa el mismo helicóptero que había arrojado a Norman, se disponía a recoger a Eveline, que intentaba alcanzarlo dando saltos. Cuando consiguió montarse cogí el portátil y programé el satélite para que derribara el helicóptero. Una bola de fuego como la que desintegró a Billy Boom produjo una tremenda explosión. La isla empezó a temblar y vi una espesa nube negra en la cima de la isla.

Erupción inminente

La lava emepezó a emerger del cráter abrasando todo lo que alcanzaba. La imagen era dantesca. El río rojo bajaba por la ladera atravesando la selva, y pronto alcanzaría el mar. Teníamos que alejarnos de allí lo antes posible o nos coceríamos vivos.

Norman y Simón remaban como locos, mientras los caníbales nos pisaban los talones. La operación que realicé para destruir el helicóptero había devuelto sin querer la conexión del satélite al alcaide, así que cuando éste recibió la imagen de las dos canoas alejándose de la isla disparó contra la primera que tenía a tiro. Todo se volvió negro.

De entre el humo de la explosión y el vapor que provocaba la lava salimos con la canoa remando asfixiados. Recuperé el control del satélite y cogí el remo de Simón, estaba agotado. Continuamos remando todo el día, bajo aquel sol infernal. Al anochecer dimos con tierra firme. Según el satélite estábamos en algún punto del Congo. Nos bajamos en una zona con mucha vegetación. Entre la maleza pude ver a un puñado de negros en taparrabos que nos observaban. Yo ya me resignaba a morir, no tenía fuerzas para seguir luchando.

Afortunadamente aquella tribu no tenía nada que ver con la de la isla. No querían atacarnos, sino socorrernos. Les incomodaban las pinturas de Simón, lo que me hizo suponer que conocían las malas costumbres de aquellos cabrones. Le dije que se las quitara. Pasamos la noche con aquella gente, eran de lo más enrollados. Incluso nos montaron una fiesta y todo para celebrar nuestra visita. Norman le ofreció su gabardina al jefe de la tribu a modo de agradecimiento. Nos dieron provisiones para que viajásemos a pie hasta Zaire, ya desde allí intentaríamos volver a casa como inmigrantes ilegales. Otra aventura nos esparaba.

THE END

El Gran Desafío (parte 5)

1h:21min para la erupción

Cuando terminó de ponerse el taparrabos y el resto de los adornos que habíamos cogido, Bola Ocho salió de los matorrales. Empezaba a parecerse a uno de ellos, pero aún le faltaba algo: pintura. Por suerte Eveline era buena dibujante y consiguió imitar muy bien las pintadas faciales de la tribu, cogiendo de un cadáver con el dedo esa especie de polvo pastoso que se ponen y usando un segundo cuerpo como modelo. Después lo demás le pintamos el pecho, la espalada y las extremidades. Cuando acabamos con él daba miedo.

Antes de partir para el campamento se empeñó en contarnos qué debíamos hacer si no sobrevivía. Quería que llamáramos a sus compañeros del grupo de rock Atomic Drones y a su hermano pequeño, que quería ser astronauta. Nos confesó que su verdadero nombre era Simon McCronenberg. Al final le cortamos el rollo porque lo único que hacía era dar rodeos para no cumplir la misión. Le seguimos hasta las afueras del campamento y nos quedamos allí a esperarle ocultos tras una roca.

Al cabo de diez minutos regresó con un portátil. Coincidencias de la vida, era idéntico al que tenía cuando era un hombre libre.

- ¿Qué has estado haciendo? – preguntó Eveline.

- He visto visto los cuerpos de otros cinco. Dios, los han destripado. De algunos lo único que queda es el esqueleto.

54min para la reupción

Fuimos a un lugar seguro y allí procedimos con la operación. Coloqué el ordenador sobre un tronco caído y Norman le enchufó el pen drive. Era un programa bastante bueno, apenas tuve que dar rodeos para hacerme con el control del satélite. Corté toda comunicación con la isla, en teoría ya podíamos huir. Ahora el problema era cómo hacerlo.

- Podemos robar una embarcación – sugirió Norman.

- ¿También hay barcos en esta isla? – preguntó Sujumi extrañado. La cosa empezaba a ser sospechosa.

- No exactamente. Esta tribu no brotó de la isla sin más, vinieron hasta aquí en embarcaciones. Tengo entendido que conservan al menos dos de ellas.

- ¿Qué tipo de embarcaciones? – pregunté.

- Canoas.

El plan ahora era volver al campamento por una parte que daba a la desembocadura de un pequeño río, allí estaban amarradas las canoas. Simon seguía disfrazado, así que si nos pillaban podía fingir que los demás éramos sus prisioneros. Atravesamos la vegetación y, a la mitad del camino, Sujumi se detuvo en seco.

- Silencio – dijo en voz baja -. Creo que he oído algo. – Nos quedamos inmóviles. Oímos el crujir de una rama pero antes de que pudiéramos reaccionar empezaron a surgir caníbales de todas partes. Acribillaron a Sujumi con sus lanzas. Intentamos defenderle pero eran demasiados. En un último esfuerzo nos gritó:

- ¡Salid de aquí! - No pudimos hacer otra cosa que hacerle caso. Por el camino Norman se quitó la gabardina y el jersey, tirando éste al suelo. Se quedó en camiseta. Yo corría con el ordenador en las manos intentando ignorara el dolor de la herida del día anterior.

CONTINUARÁ...

El Gran Desafío (parte 4)

Fue entonces cuando Billy se desesperó. Se metió corriendo en el agua y empezó a nadar, pero antes de que pudiera dar dos brazadas una bola de fuego cayó del cielo dejando una estela que iluminó toda la playa, y borró del mapa a nuestro compañero. Nos quedamos de piedra al ver trozos del fornido cuerpo de Billy volando por los aires, pero tuvimos que reaccionar y largarnos de allí. Por suerte para nosotros aquel destello había dejado pasmados también a los caníbales, así que no nos costó mucho despistarlos. Nos establecimos en un sitio que consideramos seguro. Bola Ocho se puso histérico.

- ¿Qué coño ha sido eso? Joder, creía que íbamos a morir todos.

- Eso han dicho en el mensaje – agregó Eveline.

- Han estado jugando con nosotros desde el principio –dije yo -. Fuimos estúpidos al pensar que nos darían la libertad condicional.

- Sólo un milagro nos puede sacar de aquí. – El comentario de Bola Ocho me levantó la moral.

- Eso déjamelo a mí. – Le contesté. En ese preciso momento oímos un helicóptero, pero no era ningún milagro. El helicóptero descendió hasta la playa y, sin aterrizar, arrojó un cuerpo sobre la arena. Después se marchó a toda prisa y desapareció en el horizonte. El cuerpo se levantó y se sacudió la arena, corrimos hasta él para ver de quién se trataba. Era un hombre joven, más o menos de mi edad. Llevaba gafas, pantalones vaqueros, un jersey marrón y una gabardina negra.

- ¿Te manda el alcaide? – Pregunté.

- Sí y no. No estoy aquí para participar en el juego, sino para morir. Siento lo de vuestro amigo, Billy. No creí que fuera a reaccionar así.

- ¿Quién eres?

- Soy Norman Bender. Fui yo quien os escribió los mensajes. Quería avisaros.

- ¿Avisarnos?

- Veréis, soy programador informático. Empecé a trabajar en esto porque no encontraba nada mejor y creía que todo se haría según las reglas, pero las reglas han cambiando. Todo esto ni siquiera se está emitiendo por televisión, era un engaño para que aceptarais creyendo que os esperaría una vida de libertad y fama. El alcaide sabe que el volcán de esta isla va a estallar dentro de poco, así que os quiere usar para probar su satélite con blancos humano en movimiento cuando intentéis escapar de la lava. Cuando lo descubrí intenté ayudaros, así que por eso me han traído aquí.

- Dios mío. ¿Cuánto tiempo queda para que eso ocurra? – preguntó Eveline.

- Unas dos horas.

- ¡Joder! –exclamó Bola Ocho - ¿Qué vamos a hacer?

- No os preocupéis, no fui estúpido y me cubrí las espaldas por si pasaba esto. Preparé un programa para tomar el control del satélite y lo guardé en un pen drive, así que lo desactivaremos antes de que el volcán explote y así podremos salir.

- Me parece una idea cojonuda – dije en un tono bastante irónico –, pero, ¿no crees que para hacer eso necesitamos un ordenador?

- Sí. Hay ordenadores en esta isla. Para organizar esto el alcaide mandó a un puñado de sus hombres para que colocaran cámaras de vigilancia por toda la isla. El problema es que aquellos hombres no fueron bien recibidos por la tribu y los descuartizaron. Los portátiles que llevaban estarán en su poder, si no los han destruido.

No teníamos alternativa, teníamos que infiltrarnos en el campamento y conseguir algún ordenador. Ir todos juntos era demasiado arriesgado, pero a Norman se le ocurrió una idea: disfrazar a Bola Ocho. A él no le hizo mucha gracia, pero acabó aceptando cuando le recordamos lo que pasaría si nos quedamos de brazos cruzados.

CONTINUARÁ...

El Gran Desafío (parte 3)

Cuando llegamos a la playa lo vimos allí inmóvil, mirando al horizonte. Me acerqué hacia él con cautela en un último intento para convencerle. No dejaba de mirar al frente.

- Recuerda lo que nos dijeron. Si intentamos huir nos harán picadillo. Tenemos que quedarnos aquí. Si resistimos los ataques de lo caníbales en tiempo suficiente lograremos acojonarles y se les quitarán las ganas de seguir molestándonos. – Billy empezó a reirse.

- Acuérdate también de que si matas a uno los demás irán a por ti hasta el final. No podemos ganar.

- Si te quedas tienes la oportunidad de esconderte. Si echas a nadar te matarán seguro. – Cuando le dije esto me devolvió la mirada.

- Está bien, me quedaré un rato más. Sólo tengo el veinte por ciento de posibilidades de salir con vida de esta condenada isla, así que supongo que tienes razón, sería una estupidez desaprovecharlas.

Por primera vez empezábamos a entendernos. Por desgracia, con tanto grito habíamos vuelto a atraer a esos cabrones. Bola Ocho nos avisó y echamos a correr de vuelta a la selva, pero eran demasiados y muy buenos rastreadores. Nos ocultamos y permanecimos en silencio un instante. De pronto surgió un cara pintada y avisó a los demás. Empezaron a salir de todas partes y les combatimos como pudimos. Conseguimos acabar con todos. Resultaron ser sólo siete, pero parecían quince por lo menos. Uno de ellos me hirió en el costado, sangraba un poco peor no era tan grave como aparentaba. Eveline y Bola Ocho me ayudaron incorporándome en el suelo con la espalda apoyada sobre un tronco. Me vendaron la herida con un el brazo de la camisa de mi uniforme azul. Me arranqué el otro brazo de la camisa y me lo puse doblado en la parte de la herida para que absorbiera mejor la sangre. No era grave, pero dolía. Mientras, Billy Boom y Sujumi permanecían alerta. Eran los dos mejores fichajes para una situación así

Pronto cayó la noche y decidimos descansar en aquel lugar. Tuvimos un rato de tranquilidad y me puse a pensar que si salía vivo de allí sería a costa de las vidas de los demás. En fin, no es que sea muy sociable, pero empezaba a sentir simpatía por el grupo. Por Sujumi, por Bola Ocho, e incluso por el bestia de Billy. Y en cuanto a Eveline, sí, me atraía bastante. Parecía una aventurera.

Me pareció oir algo arrastrándose hacia mí. Me acojoné y agarré con fuerza mi lanza. Cuando se acercó lo suficiente descubrí que era ella.

- ¿Cómo te encuentras? - Preguntó.

- Sobreviviré. Eso espero. – Nos quedamos mirando fijamente. Sabía perfectamente a lo que me estaba refiriendo. Finalmente ella rompió el silencio.

- Quería darte las gracias por librarme de ese cabrón.

- Bueno, es un desequilibrado, pero puede sernos útil. A lo mejor matando caníbales se le pasa el ansia que tiene por clavártela a ti. – Se acercó a mí y me besó. Me dejó un poco extrañado.

- ¿Qué haces?

- Tal vez muramos mañana mismo. ¿No te gustaría hacerlo por última vez?

Hombre, pues la verdad es que el último polvo que había echado fue virtual, así que no desaproveché la oferta de Eveline. Además lo hicimos en mi postura favorita: me tumbé en el suelo y dejé que ella se moviera. Estaba herido y no me podía menear mucho. Tuvimos que hacerlo en siencio, no queríamos despertar a los demás, eso nos preocupaba incluso más que atraer a aquellos negros encabronados en tanga. Cuando terminamos ella volvió a su posición. Me quedé tan a gusto que enseguida dormí la mona.

28-01-2013

Faltaba poco para que amaneciera cuando me despertaron unos extraños cánticos y tambores. Escuché también gritos de agonía; por lo visto el terrorista pakistaní no estaba muerto cuando se lo llevaron. Después empecé a oír pasos. Los demás ya estaban despiertos. Me ayudaron a levantarme y formamos un círculo espalda contra espalda, apuntando con las lanzas al frente.

Comenzaron a surgir caníbales de aquí y de allá. Al principio nos las apañábamos bien, pero cuando vieron los cadáveres amontonados de los otros siete que habíamos matando antes estallaron en cólera. Echamos a correr y salimos a la playa. Desde allí pudimos ver un mensaje proyectado con lásers desde el satélite sobre la luna llena: <<No habrá salvación para nadie>>. Seguido de éste apareció otro: <<Vais a morir todos>>.

El Gran Desafío (parte 2)

Cuando encontramos un lugar que creímos seguro nos detuvimos para descansar.

- Creo que deberíamos separarnos – dijo Bola Ocho -. Si seguimos juntos daremos demasiado el cante.

- ¿Separarnos? Eso después de que me haya tirado a este chochito – replicó Billy mientras avanzaba hacia Eveline -. Estaba empezando a asustarla, así que tuve que intervenir, no nos convenía una escenita con todos esos desgraciados siguiéndonos el rastro.

- Oye, no estamos aquí para eso. Tenemos que… - me cogió por el cuello y me puso contra el tronco de un árbol. Menuda mole.

- No me digas lo que he de hacer o te partiré el pescuezo como a una puta gallina – dijo mientras me echaba su aliento de bilis a la cara. Bola Ocho estaba sentado sobre la raíz de otro árbol abriendo el envoltorio de un chicle que habría conseguido por contrabando. Sintió algo mojado en la nuca y protestó creyendo que el asesino inglés que estaba a su espalda le había escupido, pero al tocarse descubrió que no era saliva lo que le había caído, sino sangre. Una lanza sujeta por las firmes manos de uno caníbal atravesaba el pecho del inglés, el cual tenía convulsiones mientras permanecía ahí de pie intentando gritar. Sujumi le arreó tres patadas al cara pintada y le quitó la lanza. Mientras, los demás vigilábamos que no vinieran más. El japo le clavó la lanza y el cabrón del caníbal soltó un grito que se debió escuchar en toda la isla. Volvimos a correr como locos, esta vez cada uno en una dirección distinta.

Por encima de mi propio pulso pude oír cómo los caníbales estaban cada vez más cerca. Un terrorista pakistaní gritó y luego se calló repentinamente, sólo quedábamos cinco. Seguí corriendo y al cabo de un rato encontré a Bola Ocho tendido en el suelo boca abajo. Me acercaba a comprobar si seguía vivo cuando se volvió de repente y me atizó con una piedra, me había confundido con un maldito cara pintada. Me pidió disculpas (innecesarias, nunca le perdonaría el dolor de cabeza que me hizo pasar) y me contó que había visto a Sujumi enfrentarse a un grupo entero de esos cabrones con bastantes dificultades. Fuimos a echarle una mano pero nos lo encontramos recogiendo lanzas de las manos de ocho caníbales muertos, el muy jodido se los había fulminado a todos.

- Bien, si queréis seguir vivos lo mejor será que estemos juntos –dijo con su gracioso acento japonés.

- Tienes razón – agregó Bola Ocho -. ¿De quién coño fue la estúpida idea de separarnos, eh, Jesús?

- Tenemos que encontrara a los demás. ¿Dónde puede estar Billy Boom? – Supongo que al igual que los demás, Sujumi lo le tendría ninguna simpatía al violador, pero era un tipo bastante fuerte y convenía tenerlo cerca.

- Seguramente donde esté Eveline – dije con cierta preocupación -. Esperemos que no intente violarla, o delatarán su posición enseguida y serán la cena de estos cabrones.

Nos pusimos en camino. Sujumi se detuvo en seco y nos indicó que nos ocultáramos. Había un grupo de recolectores que llevaba los cadáveres al campamento. Los llevaban atados de pies y manos a un palo sujeto por un caníbal a cada extremo, como quien lleva un jabalí recién cazado. No iban armados, pero preferimos escondernos para dejar que sus huellas pudieran llevarnos en un futuro hasta su campamento. Cuando se alejaron lo suficiente seguimos con nuestra búsqueda. No tardamos mucho en encontrar a Billy Boom escondido tras unos arbustos, devorando a Eveline con la mirada. Me hice el gracioso y hablé bien alto para que ella se enterara.

- ¡Vaya! ¿Cómo te va, Billy? ¿Has matado a muchos de esos negros encabronados en tanga?

- ¡Vete a la mierda! – Lo había cabreado bien. Bola Ocho nos interrumpió.

- Oye, oye, oye. Sólo quedamos cinco, ¿vale? Podemos hacer dos cosas: traicionarnos unos a otros para ganar el concurso o bien formar una piña y luchar contra esos jodidos caras pintadas, echando a suerte quién sobrevivirá. – Hubo un momento de silencio.

- Quizá tenga razón – dijo Eveline.

- Sí, colega, es lo mejor que has dicho en todo el día –contesté. Miré a Eveline y me sonrió, pero en ese momento Billy nos cortó el rollo berreando:

- ¡Que os follen a todos, yo me largo de aquí! - Echó a correr hacia la playa. Los demás le seguimos para convencerle de que no intentara escapar, peor era inútil. Lo perdimos de vista.

CONTINUARÁ...

El Gran Desafío (parte 1)

27-01-2013

Hacía un calor insoportable en aquél maldito helicóptero. Once personas estábamos allí, en el compartimento de carga, con la piel enrojecida y la cara embadurnada con ese sudor salado como el que brota de los poros cuando sales de una sauna o de una ducha muy caliente. Y eso por no hablar del olor a humanidad. No era una situación agradable.

Tres meses antes me encontraba ayudando a un colega a salir del coma. Era técnico de una clínica neural durante el día, y por la noche me transformaba en un pirata informático conocido como Jesucristo On-line. Me iba bastante bien, hasta que mi jefa insistió en ver las grabaciones de mis visitas virtuales a la mente de mi amigo; en ellas desvelaba mi identidad como hacker, de modo que la muy zorra decidió denunciarme para lavar la imagen de la empresa. Intenté convencerla de todas las maneras posibles: le ofrecí billetes para hacer viajes exóticos, sabotear la web que le diera la gana, archivos secretos de la INTERPOL, convertirme en su esclavo sexual… y nada. Registraron mi apartamento y no sé cuál de las cosas ilegales que tenía fue la que encontraron, que me condenaron a cadena perpetua. Después me trasladaron a una prisión internacional, y luego, como ya sabéis, está el viaje exótico en helicóptero, hacia una isla volcánica habitada por caníbales.

Todo formaba parte del sádico juego del alcaide. Un día me sacaron de mi celda y me llevaron a su despacho. El tio me habló como un vendedor de enciclopedias, me comunicó que, al igual que otras nueve personas, había tenido la “suerte” de ser seleccionado para el programa de El Gran Desafío, que me daría una oportunidad de librarme de la cadena perpetua. Consistía en abandonarnos a nuestra suerte en una pequeña isla habitada por no sé qué tribu, y observarnos a través de un puñado de cámaras ocultas y un satélite de vigilancia. El satélite también proyectaría mensajes sobre la Luna, por si hacíamos algo mal. Las reglas del juego eran que debíamos ir muriendo uno a uno, ofreciendo un buen espectáculo para los espectadores de una televisión de pago, hasta que quedase un solo superviviente, el cual sería rescatado por la isla y se le concedería la libertad condicional. Mis opciones eran esas o achicharrarme vivo intentando escapar de la prisión por las tuberías de vapor, así que decidí aceptar.

Mis compañeros de viaje eran de lo más entrañables. Billy Boom, un violador y asesino en serie, no podía dejar de vomitar. Entre arcada y arcada miraba a Eveline Rodríguez, atracadora de bancos. A Bola Ocho, el típico chico negro que habla por los codos, lo acusaban de doble asesinato, aunque él siempre lo había negado, y algo así le pasó también a Sujumi Metesaka Lee, un japonés con un nombre ridículo pero que era capaz de cargarse a cinco tíos de un golpe. A los demás no tuve ocasión de conocerlos mucho, y tampoco fue algo que me quitara el sueño. Había de todo: pirómanos, más asesinos y violadores, pederastas y, sobre todo, terroristas. Todo un circo apiñado en una habitación de seis metros cuadrados que no paraba de simbrearse. La verdad es que cuando entré en la prisión no me hizo mucha gracia, pero en ese momento me alegraba de que me hubieran afeitado la melena y la barba.

Entre el sonido de las élices y el de la garganta de Billy expulsando bilis como una manguera, James el de seguridad nos indicó que estábamos apunto de llegar a la isla. Le gustaba dárselas de superior, pero lo cierto es que era el perrito faldero del alcaide.

- Bien, muchachos, antes de despedirme para siempre de la gran mayoría de vosotros quería deciros un par de cosas. En primer lugar, si queréis, podéis intentar matar a esos putos salvajes, aunque personalmente no os lo aconsejo. Ellos tienen la creencia de que si le quitas la vida a alguien le robas su alma, y que la única forma de liberarla es vengando su muerte, así que si matáis a uno el resto no parará hasta que no estéis muertos. Lo segundo que quiero deciros es que no intiméis demasiado. Nada de compañerismo, nada de vínculos entre vosotros, porque os guste o no, al final sólo quedará uno. ¿Queda claro?

- Por supuesto – dijo Billy Boom mientras miraba a Eveline. De pronto sentimos un brusco aterrizaje. Se abrió la compuerta y James nos echó a patadas de allí.

17:48 (hora local): empieza el concurso

Por el momento los caníbales no daban señales de vida. Tuvimos tiempo para relajarnos y disfrutar del paisaje. Después nos pusimos a trepar a las palmeras para coger cocos. Cuando ya había tirado suficientes cocos para el día bajé al suelo para echar una meada. Me aparté un poco de los demás y me pareció ver una figura humana escondida entre la vegetación, entonces una lanza cayó frente a mis pies y se clavó en la arena. Intenté avisar a los demás sin armar escándalo, pero empezaron a salir caníbales de todas partes. Eché a correr gritando como un loco mientras los cabrones me tiraban lanzas y flechas. Los demás también intentaron huir como pudieron. En el ataque perdimos a tres de nosotros de golpe. Abandonamos la playa y nos internamos en la selva.

CONTINUARÁ...

Insomnio, donde nunca se duerme (5ª parte)

Oí unos pasos a mi espalada. Era Jesucristo On-line. ¿Cómo se las apañaba para estar en todas partes?

- ¿Cómo has entrado? – pregunté – Me aseguré de cerrar la puerta.

- Tal vez deberíamos entregarnos, ¿no crees? – dijo en ese tono tranquilo suyo que me sacaba de quicio.

- ¿A la policía? No sé, sencillamente no me apetece. Aunque digo yo que sería mejor que acabar en manos de Tony.

- Te has tirado a su novia, tío, es normal que esté cabreado.

- Cabreado se queda corto. Ese tío está como poseído – volví a asomarme al ventanal -. Mira por la ventana, ha liberado a toda una jungla sólo para cogerme – cuando me volvía hacia él vi que se había largado. Empezaba a cabrearme, apareciendo y desapareciendo como un fantasma. Lo habría aprendido de mí.

No sabía qué hacer. Me sentía física y mentalmente agotado, así que decidí subir a la azotea y tumbarme allí hasta que se me ocurriera algo mejor. Tiré al vacío la estúpida gorra de capitán. Me quedé hasta ver el amanecer, pensé que después de eso estaría seguro.

Vi un helicóptero policial sobrevolar la zona y disponerse a aterrizar en la azotea. Más de cerca descubrí que quienes lo tripulaban eran Tony y sus chicos, habían robado el helicóptero. Intenté huir de ellos, pero era como correr a cámara lenta. Las piernas me pesaban mucho y no pude recorrer ni un metro antes de que me cogieran.

Me metieron en el helicóptero y me llevaron a <<dar un paseo>>. Pensé que me tirarían con una soga al cuello en plan Scarface, pero Tony tenía otros planes. Volamos hacia las afueras de la ciudad, contemplando el caos que reinaba en ella. Finalmente aterrizamos en unos pozos de petróleo abandonados. Me tiraron al interior de uno de ellos, caí sobre una plataforma metálica. De allí no había salida, sólo un milagro podía salvarme. ¿Y quién mejor para un milagro que un pirata informático llamado Jesucristo On-line?

Esta vez no apareció de la nada, se presentó levitando y posándose suavemente sobre la plataforma. Creía que había terminado de volverme loco, me quedé sin habla.

- ¿Sorprendido? – preguntó entre risas – Creo que ya es hora de que conozcas la verdad.

- ¿La verdad? ¿Eso existe? – empezó a reírse, mi asombro le hacía bastante gracia.

- Entiendo que estés un poco desorientado, es normal. Has llevado una vida de película estas últimas semanas, ¿eh?

- ¿A qué te refieres?

- Vamos a ver, calmémonos. ¿Qué es lo que recuerdas después de que te cayera la maceta en la cabeza?

- Desperté en el hospital. Pude demandar a la señora Ramírez y a Jimmy, pero no lo hice.

- Falso. Eso es lo que te hemos hecho creer.

- ¿Sí les demandé?

- No, no lo hiciste.

- ¿Entonces dónde está el error?

- No despertaste en ningún hospital – permanecí un instante en silencio intentando asimilar lo que Jesús me decía.

- ¿Estoy muerto? – él estalló a carcajadas.

- No hay nadie que no lo pregunte. “¿Estoy muerto? ¿Estoy muerto?”.

- ¿Lo estoy o no?

- No, estás en coma.

- Entonces… ¿esto es un sueño?

- Casi. Es una simulación mental que hemos desarrollado a partir de tus recuerdos, tus emociones, tus pensamientos…

- ¿Qué habéis desarrollado dónde?

- En la clínica donde trabajo. Intentamos despertarte del coma sin tener que pasar por rehabilitación. Antes los pacientes necesitaban un tratamiento que podía llevar años, ahora los avances tecnológicos hacen posible que podamos saltarnos esa parte. Todo esto que has vivido es como un puente hacia el despertar. Imagínatelo como un arco iris, bonito pero efímero. Siempre seguimos el mismo patrón: lo primero que pasa es que eres incapaz de dormir, hiperactividad; lo segundo que pasa es que estás aquí, en un pozo de petróleo, sosteniendo una caja de cerillas, y luego llega el caos - me miré la mano derecha y, efectivamente, en ella llevaba una cerilla.

- Alto, espera. Esto es un poco fuerte, ¿no?

- Tómatelo con calma.

- Pero… anoche hice el amor con Kyra. Es amiga tuya.

- No sólo no es amiga mía, sino que ni siquiera se llama Kyra. Después del golpe sólo has visto lo que has querido ver.

- ¿Y qué me dices de los animales? De Gorila. De Tony.

- Algunos personajes los hemos extraído de tu mente, otros los hemos diseñado nosotros mismos.

- ¿Y tú? ¿Eres real también eres una simulación?

- Soy real en el sentido en el que lo eres tú. Tengo un cuerpo, aunque ahora mismo no lo estoy utilizando. Estoy aquí, contigo. En realidad éste no es mi trabajo, yo me encargo de los diseños gráficos y del mantenimiento de las computadoras. Pero dio la casualidad de que me conocías y la Doctora Aguirre pensó que eso podría ayudar. Normalmente es ella la que se encarga de estas cosas.

- ¿Ese es vuestro trabajo, le dais esperanza a la gente y luego se la quitáis de golpe? En esta “simulación” he experimentado cosas que en mi vida real ni me había planteado. Todo este tiempo he sido mi propio dios y no lo sabía.

- Venga hombre, te he dicho que te lo tomes con calma. Tú te lo has pasado bien y yo me lo he pasado bien, me he tirado a Doña Ramera y ni se ha enterado. Peor ya es hora de volver.

- Si lo que queréis es que salga del coma os vais a quedar con las ganas – saqué una cerilla de la caja y la encendí.

- Imaginé que reaccionarías así.

- ¿No tienes miedo de morir aquí?

- Ya te lo he dicho, esto es una simulación. No es real – sin apartar la mirada de él arrojé la cerilla la fosa llena de petróleo. Antes de que la llama tocara la materia negra todo empezó a estallar. Ya que era mi propio dios, decidí que sería un dios con alas de ángel, eché a volar y escapé de allí. Desde el aire pude ver cómo en vano Tony y Gorila intentaban abatirme a tiros. Una de las bolas de fuego que emergían del suelo los engulló.

Fui a buscar a Kyra, le dije que ya no tenía de qué preocuparse, que el mundo era nuestro. La cogí en brazos y la llevé volando a donde queríamos. Recorrimos el mundo (mi mundo) y visitamos aquellas ciudades que sólo existían en mi mente. Bethelheim, Neópolois, Cyberia… Lugares donde pretendía situar la acción de mis películas ahora me pertenecían, yo era mi propia película. Pero esto no podía durar, y volví a recibir la visita de Jesucristo On-line.

- ¿Te has cansado de divertirte, autista?

- Compréndelo, Jesús. No quiero volver a mi vida de antes.

- Ahora en serio, tío, deberías recapacitarlo. Ahora mismo puedes imaginar bien tu mundo perfecto, pero dentro de poco el aislamiento te atrofiará la mente. Lo empezarás a ver todo borroso y no recordarás el rostro de Kyra, ni siquiera el tuyo, a no ser, claro, que despiertes y vuelvas a verlo con tus propios ojos.

- ¿Cuánto tiempo me queda?

- No mucho. Deberías empezar a hacer las maletas – me dio un par de palmadas en la espalda y desapareció, como siempre. Empecé a pensar y lo cierto es que tenía razón. ¿Qué estaba haciendo, encerrarme en mí mismo? Tras meditarlo durante horas llegué a la conclusión de que quería despertar.

Un segundo después de pensar aquello me di cuenta de que estaba sobre una vía de raíles. De repente, llegó una especie de vagón de los de montaña rusa. Me monté en él. No se movía, pero había un botón en el que ponía <<Salida>>. Lo pulsé. El vagón empezó a avanzar cada vez más rápido, hasta alcanzar la velocidad de la luz. Atrás quedaban Kyra y mi mundo perfecto. Lo vi todo blanco, y después, todo negro.

Lo negro se confundió con las sombras, estaba en una habitación oscura tumbado en una camilla. Tenía unos electrodos enganchados a la cabeza y uno de esos tomadores de pulso en un dedo índice, me los quité. Me levanté y descubrí que lo único que llevaba puesto era un con el sello de la clínica, un símbolo griego. Salí de la habitación y anduve por los pasillos buscando a alguien que me atendiera, pero era de noche y no había nadie.

Legué hasta el vestíbulo, allí estaba una señora en el mostrador que me pidió mis datos y me mandó de vuelta a mi habitación. Me dijo que el tratamiento lo cubría el seguro de mi empresa.

Me tumbé en la camilla, aunque no tenía nada de sueño. No podía dejar de darle vueltas a todo. Me pregunté qué habría sido de Kyra, dónde estaría. ¿En las computadoras? ¿En mi cabeza?

Pensé en lo dura que sería la vuelta a mi deprimente vida. Volvería a levantarme cada mañana a las siete menos cuarto, me mearía encima y en la oficina aguantaría al capullo de mi jefe. Y al salir… bueno, quizá a partir de ahí eso cambiara. Ya no estarían aquellos niñatos esperándome, o por lo menos no esperándome para reírse de mí. Si volvían a aparecer por allí buscando bronca la iban a tener. ¿Y Kyra? ¿Me seguiría dando miedo hablar con ella? Tal vez fuera hora de dirigirle la palabra y averigurar su verdadero nombre.

THE END

(A mis amigos)



Insomnio, donde nunca se duerme (4ª parte)

Dicen que el momento más tranquilo de una pareja es el postorgásmico, pero no todas ellas tienen al acecho un Tony cabreado. Cuando llegó ya nos habíamos prestido, pero un hiperactivo que encima está muerto de miedo a veces no puede evitarlo, y el charco de orina en mis pantalones despertaba sospechas. Tony el Largo me dijo que le había salido un encargo de última hora: robar una maqueta del Titanic de 8 metros largo que los estudiantes de una facultad privada habían construido para conmemorar el centenario de la pérdida del trasatlántico. Esta vez Gorila se apuntó a la fiesta, no nos venía mal su colaboración ya que la maqueta era de hierro y teníamos que montarla en un remolque.

Fuimos para allá. Como siempre hacíamos, esperamos a que Jesucristo On-line nos diera la señal para entrar, coger el paquete y salir, solo que en esta ocasión las cosas serían distintas. Todo iba según lo planeado hasta que conseguimos colocar la maqueta sobre el remolque y la sacamos de la sala de actos, entonces sentí un golpe en la nuca. Tony me había golpeado con su pistola.

Caí al suelo y Gorila me atizó unos cuantos puñetazos, algo así debió sentir aquel niñato en la pelea. Tony me pateó un pare de veces en el estómago y me culpó por haberme acostado con su novia. Después se fueron todos y me dejaron allí encerrado.

Conseguí recuperar el aliento y me incorporé, miré a mi alrededor y sólo veía sombras. Estaba perdido, la policía llegaría de un momento a otro. Entonces, ente la oscuridad que inundaba la sala conseguí distinguir una figura con la espalda apoyada en la pared y las manos metidas en los bolsillos. Era Jesucristo On-line.

- ¿Jesús? Joder, me has dado un susto de muerte – exclamé – Tenemos que salir de aquí, la poli va a llegar de un momento a otro.

- ¿Qué has hecho para cabrear tanto a Tony? No te habrás tirado a Kyra, ¿verdad? – no parecía muy alarmado ante la idea de dar con sus huesos en la cárcel.

- Hablaremos de eso más tarde. Tenemos que salir de aquí.

- Te sacaré de aquí, pero tienes que hacer exactamente lo que te diga

- De acuerdo, ¿qué quieres que haga?

- Quítate la ropa.

- ¿Cómo? – en ese momento no sabía quién de los dos había perdido la cabeza.

- Si vas vestido así Tony y sus chicos te reconocerán enseguida, y cuando vean que estás en la calle y no en un coche patrulla te liquidarán.

- ¿Y la solución a eso es ir por ahí en pelotas?

- Ponte ese traje – señaló al traje de capitán que llevaba puesto un maniquí tras una vitrina.

- ¿Qué dices? No voy a salir a la calle con eso.

- Oye, ¿quieres salir de esta o no?

- Está bien, no entiendo nada pero vale – cuando terminé de cambiarme Jesucristo On-line anuló el dispositivo de seguridad de los conductos de ventilación y nos metimos por ellos. Él no dejaba de llamarme Capitán Frudesa, vaya una gracia. Dejé bien escondida la ropa que llevaba y salimos de allí.

Después nos dividimos y decidí volver a casa, ya me había divertido bastante por aquella noche. Me sentía como un verdadero payaso, pateándome las calles vestido de marinero.

Debía estar a mitad de camino cuando aparecieron Tony y sus chicos, montados algunos en la furgoneta y otros sobre la mismísima maqueta. Tony iba dentro de una de las chimeneas con una M-16 de mirilla láser. Comenzaron a perseguirme y no tuve más remedio que echar a correr. Me metía por esquinas cerradas, por callejones y por bocas del metro, pero cuando salía por otra parte siempre estaban allí esperándome. Entré en el zoológico y me siguieron, abrieron las jaulas de los simios a base de disparos. Los chimpancés, gorilas y orangutanes al verme correr me siguieron calle abajo durante cuatro manzanas. Aquello era surrealista: una avalancha de primates encabezada por siete tipos armados a bordo del Titanic persiguiendo al Capitán Frudesa. Yo no podía más, mis pulmones estaban a punto de estallar y mi corazón botaba entre mi pecho y mi espalada como una pelota de frontón.

Crucé una esquina y para mi sorpresa me encontré con la entrada de las oficinas de la empresa de electrodomésticos. Mi tarjeta-llave me daba acceso al edificio, así que antes de que me vieran entré. Subí a mi despacho en la planta trece, allí estaría a salvo, aunque tampoco podía quedarme, dentro de unas horas abrirían.

Miré por el ventanal. No sé cómo pero ahora todas las jaulas de animales se habían abierto y la ciudad era una jungla descontrolada. Pensé en llamar a la policía, pero no me hubieran creído. Además, rastrearían la línea y descubrirían que llamaba desde las oficinas, algo inusual a las cuatro y media de la mañana. Oí unos pasos a mi espalada.

CONCLUIRÁ...

Insomnio, donde nunca se duerme (3ª parte)

Por primera vez en mucho tiempo saqué del armario mi chaqueta de cuero y mi camiseta y pantalones negros. Después llamé a Jesucristo On-line, pero estaba ocupado terminando una “faena” con Doña Ramera y tardó como diez minutos en salir. Cuando al fin estuvimos listos nos dirigimos a Insomnio, en menos de lo que imaginaba llegamos allí y me presentó a Gorila, el portero del local. Era un tipo grandullón, de al menos dos metros, de raza negra y hombros fornidos. Me estrechó la mano y por poco hizo añicos la mía, le pegaba ese mote.

Entramos en el club y descubrí un mundo que nunca antes había conocido, un mundo saturado de sexo, drogas, contrabando y estallo de tímpanos al ritmo de brakebeat. Siempre había odiado ese tipo de sitios, pero algo me decía que aquella noche, en aquel lugar, dejaría atrás mi vida de esclavo oficinista para convertirme en un dios.

A los platos estaba un tipo al que llamaban DJ Loki, seguro que aguantaba toda la noche en vela a base de pastillas. Subimos unas escaleras repletas de parejas recién formadas sobándose, llegamos a una especie de sala de reuniones y allí Jesús me presentó a Tony el Largo. Parecía un tipo simpático, iba vestido más o menos como yo y llevaba una perilla que le daba cierto toque de los 90, un nostálgico. Era bastante extrovertido, en sólo dos minutos ya me hizo cómplice de sus juegos, pidiéndome un <<enorme favor>>: acompañarle a él y sus chicos a robar en un museo.

Al principio pensé que era una locura, pero cuando me explicaron el plan no parecía tan mala idea. Jesucristo On-line operaría desde una furgoneta con su portátil, anularía el sistema de seguridad y entonces entraríamos nosotros, cogeríamos una lavadora oxidada que algún italiano homosexual exponía como arte moderno y nos desperdigaríamos en la noche. Nada podía fallar, y si fuera así yo contaba con la ventaja de poder reaccionar más rápido que los demás.

Tras presentarme al resto de la pandilla nos dirigimos al Museo de Bellas Artes, tardamos exactamente tres minutos y dieciséis segundos en salir de allí con el paquete, el cual vendimos la noche siguiente a un socio de Tony. Y luego a seguir con el trabajo. Era una rutina diferente, excitante. Cada noche hacíamos lo mismo: entrábamos, robábamos y huíamos. Llevar mi vida al límite era la mejor terapia contra la hiperactividad; las pastillas del Dr. Mendoza tan sólo servían a jugar a encestarlas en un vaso. Nada era como antes. Me movía como un fantasma, podía colarme en cualquier lugar sin ser visto.

Fue una semana cojonuda, todo fue bien hasta que Tony el Largo me pidió otro de sus favores, más sencillo pero al mismo tiempo más arriesgado: cuidar de su novia. Iban a pasar aquella noche juntos, pero un asunto importante hizo que Tony tuviera que ausentarse durante al menos dos horas, así que quería que yo estuviera con ella hasta entonces para que no se aburriera. No sabía cómo interpretar eso, ¿qué quería exactamente que hiciera?

Para bien o para mal, nos quedamos solos. Nos habíamos instalado en el despacho de Tony, en el cual había un cristal que daba a la pista de baile, pero desde el otro lado era un espejo, de forma que podíamos ver sin que nos vieran. Ella estaba sentada en una silla giratoria, yo de pie junto a la puerta. No sabía de qué hablar para iniciar una conversación.

- Te vi pelear con aquel chico – rompió ella.

- Ah, ¿sí? Creía que no me reconociste en el bar.

- Y no lo hice entonces, pero como te he visto mucho últimamente ya caí en la cuenta de por qué me sonaba tu cara.

- Pues ya ves – no se me ocurría nada mejor que decirle.

- ¿Por qué lo hiciste?

- ¿El qué?

- Pegarle a ese chico.

- Bueno, es una larga historia. Siempre estaba ahí, riéndose, a veces tenía la sensación de que se reían de mí. Y simplemente ese día no pude seguir tragándome mi orgullo y exploté.

- Sé lo que es eso, un día de estos yo también voy a explotar.

- ¿Por qué?

- Ya has visto el caso que he hace Tony, ¿no? Sólo le intereso cuando quiere impresionar a sus amigos, para él sólo soy un trofeo – encendió un cigarro y me ofreció otro, pero no fumo - ¿Tú no tienes novia?

- No, hace tiempo que no.

- ¿La trataste mal?

- No, simplemente teníamos aspiraciones diferentes y no funcionó.

- ¿Qué aspiraciones tenías? – Su pregunta me sirvió de excusa para contarle los proyectos que había tenido, lo de querer ser director de cine y acabar trabajando en la jodida empresa. Incluso lo del golpe con la maceta de marihuana. Mis anécdotas le divertían y al menos se le quitó el cabreo que tenía por el plantón de Tony.

Estuvimos intimando un poco. Era una chica genial, no sé cómo pudo acabar con un tipo así. Aunque por otra parte, Tony era un colega. No sabía qué hacer, pero Kyra me ayudó, se levantó y se me quedó mirando fijamente. Intenté esquivar su mirada, pero era muy difícil. Aquellos ojos verdes me atraían como atrae la luz a la mosca, y no pude resistir el impulso. Con besarla me ganaba la expulsión del club, con revolcarme con ella sobre la mesa me darían una buena paliza. Ojala el tema hubiera terminado ahí, era hombre muerto.

CONTINUARÁ...

Insomnio, donde nunca se duerme (2ª parte)

Desperté en el hospital con una extraña sensación, como si me hubieran drogado. Y no me equivocaba, me habían puesto hasta el culo de calmantes (curiosa terapia para alguien que está inconsciente). El Dr. Mendoza me dijo casi de forma autómata que el golpe he había afectado a una zona del cerebro que coordina las glándulas suprarrenales, las cuales se encargan de segregar adrenalina, una hormona que acelera el ritmo cardíaco y aumenta el nivel de glucosa en el organismo. En otras palabras: estaba desequilibrado, hiperactivo. Ya era lo que me faltaba. Tras recetarme dieciocho tipos de medicamentos distintos y mientras sacaba de la nevera de su despacho un bocadillo, el médico me dijo que podía irme a casa.

Al salir a la calle el mundo se movía de forma distinta. Todo parecía igual que siempre, pero había algo en el ambiente que me estremecía, me hacía sentir inquieto. Al llegar de nuevo al bloque me aseguré bien de que no había nadie, no tenía ganas de encontrarme con Osito de Peluche ni de que Doña Ramera me tirara los tejos para que no los denunciara. Metí la tarjeta-llave y entré en el apartamento. Consulté el contestador y escuché el mensaje de mi jefe: estaba de baja médica hasta que me estabilizara. Pensé que era una noticia genial, podría descansar y encima me pagaban. Pero, como de costumbre, mis planes no salieron como creía. Estaba demasiado nervioso, no podía pegar ojo. Las pastillas que me recetó el doctor me dejaban atontado, pero ni con esas conseguía dormir.

Me pasé una semana así, en estado catatónico intentando dormir sin conseguirlo. Por lo menos vivía del cuento. Debía ser miércoles cuando estaba con Jesucristo On-line en el bar de Hassan tomándome una Coca-Cola light sin cafeína. Casi me da un infarto cuando veo entrar a la chica del metro y acercarse hacia nosotros. Para mi sorpresa, ella y Jesús ya se conocían, me quedé aturdido cuando me la presentó. Su nombre era Kyra, era de origen sueco. Le dirigí la palabra un par de veces, ya era algo. Le dije que habíamos coincidido en el metro, pero no me reconoció. Después se fue con bastante prisa.

- Así que ella es la chica que te gusta – dijo Jesucristo On-line

- Sí. ¿Crees que la he asustado?

- No, no. No se ha ido por ti. Su novio es bastante posesivo.

- ¿Tiene novio? – y tanto que si tenía. Su novio era Tony el Largo, uno de los mafiosos para los que Jesús hacía milagros, como el de colapsar el sistema de seguridad de un banco para saquearlo con total tranquilidad, o el de manipular la sincronización de los semáforos para huir con éxito de una persecución policial. Jesucristo On-line me contó que Tony tenía su propio club, una discoteca de mala muerte llamada Insomnio, abierto veinticuatro horas. Me invitó a ir con él al local aquella noche, tenía que hacer un encargo. Yo no estaba muy acostumbrado a ir de marcha, pero, después de todo, ¿qué podía perder? Llevaba diez días sin pegar ojo. Además, si el club era de Tony, seguramente me encontraría allí con Kyra.

CONTINUARÁ...