lunes, junio 19, 2006

Insomnio, donde nunca se duerme (4ª parte)

Dicen que el momento más tranquilo de una pareja es el postorgásmico, pero no todas ellas tienen al acecho un Tony cabreado. Cuando llegó ya nos habíamos prestido, pero un hiperactivo que encima está muerto de miedo a veces no puede evitarlo, y el charco de orina en mis pantalones despertaba sospechas. Tony el Largo me dijo que le había salido un encargo de última hora: robar una maqueta del Titanic de 8 metros largo que los estudiantes de una facultad privada habían construido para conmemorar el centenario de la pérdida del trasatlántico. Esta vez Gorila se apuntó a la fiesta, no nos venía mal su colaboración ya que la maqueta era de hierro y teníamos que montarla en un remolque.

Fuimos para allá. Como siempre hacíamos, esperamos a que Jesucristo On-line nos diera la señal para entrar, coger el paquete y salir, solo que en esta ocasión las cosas serían distintas. Todo iba según lo planeado hasta que conseguimos colocar la maqueta sobre el remolque y la sacamos de la sala de actos, entonces sentí un golpe en la nuca. Tony me había golpeado con su pistola.

Caí al suelo y Gorila me atizó unos cuantos puñetazos, algo así debió sentir aquel niñato en la pelea. Tony me pateó un pare de veces en el estómago y me culpó por haberme acostado con su novia. Después se fueron todos y me dejaron allí encerrado.

Conseguí recuperar el aliento y me incorporé, miré a mi alrededor y sólo veía sombras. Estaba perdido, la policía llegaría de un momento a otro. Entonces, ente la oscuridad que inundaba la sala conseguí distinguir una figura con la espalda apoyada en la pared y las manos metidas en los bolsillos. Era Jesucristo On-line.

- ¿Jesús? Joder, me has dado un susto de muerte – exclamé – Tenemos que salir de aquí, la poli va a llegar de un momento a otro.

- ¿Qué has hecho para cabrear tanto a Tony? No te habrás tirado a Kyra, ¿verdad? – no parecía muy alarmado ante la idea de dar con sus huesos en la cárcel.

- Hablaremos de eso más tarde. Tenemos que salir de aquí.

- Te sacaré de aquí, pero tienes que hacer exactamente lo que te diga

- De acuerdo, ¿qué quieres que haga?

- Quítate la ropa.

- ¿Cómo? – en ese momento no sabía quién de los dos había perdido la cabeza.

- Si vas vestido así Tony y sus chicos te reconocerán enseguida, y cuando vean que estás en la calle y no en un coche patrulla te liquidarán.

- ¿Y la solución a eso es ir por ahí en pelotas?

- Ponte ese traje – señaló al traje de capitán que llevaba puesto un maniquí tras una vitrina.

- ¿Qué dices? No voy a salir a la calle con eso.

- Oye, ¿quieres salir de esta o no?

- Está bien, no entiendo nada pero vale – cuando terminé de cambiarme Jesucristo On-line anuló el dispositivo de seguridad de los conductos de ventilación y nos metimos por ellos. Él no dejaba de llamarme Capitán Frudesa, vaya una gracia. Dejé bien escondida la ropa que llevaba y salimos de allí.

Después nos dividimos y decidí volver a casa, ya me había divertido bastante por aquella noche. Me sentía como un verdadero payaso, pateándome las calles vestido de marinero.

Debía estar a mitad de camino cuando aparecieron Tony y sus chicos, montados algunos en la furgoneta y otros sobre la mismísima maqueta. Tony iba dentro de una de las chimeneas con una M-16 de mirilla láser. Comenzaron a perseguirme y no tuve más remedio que echar a correr. Me metía por esquinas cerradas, por callejones y por bocas del metro, pero cuando salía por otra parte siempre estaban allí esperándome. Entré en el zoológico y me siguieron, abrieron las jaulas de los simios a base de disparos. Los chimpancés, gorilas y orangutanes al verme correr me siguieron calle abajo durante cuatro manzanas. Aquello era surrealista: una avalancha de primates encabezada por siete tipos armados a bordo del Titanic persiguiendo al Capitán Frudesa. Yo no podía más, mis pulmones estaban a punto de estallar y mi corazón botaba entre mi pecho y mi espalada como una pelota de frontón.

Crucé una esquina y para mi sorpresa me encontré con la entrada de las oficinas de la empresa de electrodomésticos. Mi tarjeta-llave me daba acceso al edificio, así que antes de que me vieran entré. Subí a mi despacho en la planta trece, allí estaría a salvo, aunque tampoco podía quedarme, dentro de unas horas abrirían.

Miré por el ventanal. No sé cómo pero ahora todas las jaulas de animales se habían abierto y la ciudad era una jungla descontrolada. Pensé en llamar a la policía, pero no me hubieran creído. Además, rastrearían la línea y descubrirían que llamaba desde las oficinas, algo inusual a las cuatro y media de la mañana. Oí unos pasos a mi espalada.

CONCLUIRÁ...

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